Hay determinadas situaciones en la vida, que surgen en nuestro camino como escollos en alta mar en mitad de la noche. Lo ideal sería realizar la maniobra adecuada para esquivarlos y salir de nuevo a terreno despejado. Pero habrá momentos en los que nuestras circunstancias no sean las más idóneas para manejar el timón de nuestra existencia adecuadamente (mala visibilidad, niebla, sueño, no llegar a responder con los reflejos y la rapidez adecuada…) y acabemos chocando contra alguna roca que provoque daños y desperfectos varios en el casco de nuestro buque vital. Un casco deteriorado es una razón segura para acabar teniendo en él una o varias vías de agua. Si no se hace frente a estas vías de agua de manera inmediata y prioritaria pueden llegar a provocar verdaderos naufragios emocionales que ahoguen las posibilidades de éxito cercano o las expectativas de crecimiento.
¿Cuáles pueden ser estos escollos emocionales?
Malestares físicos. Pueden ser migrañas, dolores en las articulaciones, en la espalda, catarros recurrentes, eccemas, alergias…
Problemas de pareja. Cuando asociamos estas dos palabras “problemas” y “pareja” no nos estamos refiriendo solamente a problemas en la relación sexual. Una pareja puede tener problemas a muchos niveles y la mayoría están dado por una mala comunicación: silencios, incomprensión, desplantes, rutina… Es importante hacerles frente antes de que un “tercero” se instale en medio dinamitando la relación de pareja. Y que conste que “el tercero” no tiene por qué ser necesariamente otra persona. Puede ser el trabajo, los hijos, un hobby…
Falta de autoestima. El tipo de crianza al que es sometida la gran mayor parte de la población lleva a tipos de vinculación no correctos que provocan a su vez grandes problemas en la edad adulta. Un bebé que no es atendido con amor, empatía, respeto, que no ha conocido ”los brazos” más que cuando le daban de comer, que no ha sido abrazado y consolado en su llanto, que no se ha sentido confirmado y querido sólo por ser él mismo y no por ser “un bebé bueno que sólo come, duerme y caga, y no da mayor guerra” no podrá quererse a sí mismo de adulto, porque no llevará ese “archivo grabado en su disco duro”.
Dificultades en la propia comunicación. La comunicación verbal y no verbal es algo básico que utilizamos todos los días a todas horas. Se da por hecho (como muchas otras cosas) que sabemos comunicarnos correctamente. Pero todo depende, una vez más, de cómo era la comunicación en nuestras familias de origen, porque el patrón que aprendamos en la infancia será el que tengamos grabado en nuestro disco duro y el que utilicemos una vez adultos. A no ser que hagamos el esfuerzo de borrarlo y sustituirlo por uno nuevo que sea realmente operativo. Se comunica muy mal en muchas familias, dando por hecho cosas que se supone deben saber todos, asumiendo mitos, perpetuando generación tras generación maneras nocivas de comunicarnos con el resto. Una mala comunicación nos traerá problemas en todos los ámbitos de nuestra vida: individual-personal, pareja, familia, trabajo, amigos, familia extensa…
Duelos o traumas no resueltos. La mochila de piedras en la espalda.
Malos sentimientos (odio, envidia, resentimiento, celos…)
…
Todos estos escollos absorben gran cantidad de energía que lleva a no estar suficientemente centrado en nuestras metas.
A veces, por no hacer frente a un problema acabamos chocando una y otra vez contra el mismo escollo, creando una vía de agua cada vez que hemos conseguido solucionar la anterior, o formando vías de agua simultáneas que añaden mayor dificultad a nuestro día a día.
Otras veces, logramos sortear nuestro escollo emocional, pero no nos ocupamos de lo que sería prioritario: comprobar desperfectos y vías de agua. Como se suele decir, hasta que “no nos llega el agua al cuello” no somos conscientes de la necesidad real que tenemos de hacer algo nosotros mismo, o con ayuda. Desgraciadamente, llegado ese punto a veces ya es demasiado tarde.
Podemos saber que tenemos una o varias vías de agua, pero en lugar de taparlas centramos nuestro esfuerzo en achicar agua mientras tratamos de navegar en unas condiciones realmente nefastas. Antes de que nos demos cuenta, el barco se habrá hundido y nos preguntaremos aquello de “¿Qué hice mal Dios mío? ¿Por qué no me ayudaste cuando tanto lo necesitaba?”. Los ateos lo achacarán sencillamente a la mala suerte o a que “es ley de vida”.
En cualquier caso, sería necesario darse cuenta de que tenemos una prioridad que tratar antes de seguir adelante con nuestro emprendimiento o con cualquier empresa en la vida.
Habría que valorar lo primero la magnitud de los desperfectos, ver si podemos solucionarlo nosotros mismos o ver si sería necesario pedir ayuda (¡cuánto nos cuesta pedir ayuda!). Tal vez lo mejor sea poner todas nuestras fuerzas en llegar a puerto y pedir ayuda especializada. Es muy importante saber delegar y saber que pedir ayuda no es un fracaso sino otra manera de triunfar.
Un profesional nos ayudará a identificar prioridades, nos enseñará a tapar los desconchados y agujeros del casco y a achicar el agua que quede en los bajíos del barco.
Y una vez bien reparado todo, volver con nuestro buque emocional a surcar las aguas de la vida, retomando nuestro emprendimiento y objetivos personales.
Mónica Alvarez











