Este fin de semana leía en una revista de tirada nacional el típico consultorio psicológico. Me sorprende cómo muchos profesionales todavía se basan en teorías pseudo psicoanalistas para dar respuesta a las dudas que personas preocupadas consultan.
Una mujer expone que tiene mucho deseo sexual, que le “apetece hacerlo seguido, una y otra vez”.
La respuesta de la psicóloga (con foto en lo alto de la página, nombre y nº de colegiado) es, resumiendo, que tendrá alguna carencia emocional que le lleva a suplirla a través del sexo.
Y yo me pregunto, ¿podría ser que esta mujer tenga algún tipo de carencia o exceso hormonal o de algún otro tipo que le produzca este “exceso de deseo sexual”? ¿Por qué todo hay que atribuirlo a supuestas carencias emocionales?
Y otra pregunta que me hago es: ¿Cuánto deseo sexual se considera “demasiado”?
El sexo es un tabú en nuestra sociedad. Es algo habitual, algo natural, algo que va con la naturaleza animal, intrínseco a la anatomía y al propio ser de la persona. La sexualidad es algo tan fundamental en el mundo animal (no sólo en la especia humana) que es lo que asegura nuestra perpetuación en la tierra.
Sin embargo nuestra sociedad ha tejido en torno a la sexualidad todo un entramado de miles de significados, una selva en cuya maraña es difícil que la luz llegue a todos los rincones.
Un hombre con mucho deseo sexual es un play boy, un sex simbol (bueno, si es joven y guapo, si es viejo y/o feo, es un “salido” o un “viejo verde”). Una mujer con mucho deseo sexual es una “fresca”, una “salida”, una “zorra”, una “ninfómana”. Ser “cojonudo” es bueno, pero ser “un coñazo” es malo…
¿Cuánto deseo se considera normal en una mujer? Si lo medimos en función de las veces que una mujer hace el amor en un lapso de tiempo, recuerdo hace meses en una conversación pública en un foro, se comentaba que con la crianza, la lactancia, la libido quedaba reducida a mínimos inconfesables… Una mamá comentó que ella no había sentido ninguna diferencia de antes de ser madre a después, que ahora, igual que antes, “lo hacía lo normal, tres veces al día”. Para otras mujeres, “lo normal” será una vez al día, una vez a la semana, al mes, cada dos meses… ¿Qué es para ti “lo normal”? ¿Te gustaría, si tuvieras la ocasión, la respuesta de tu pareja, la posibilidad y las ganas que para ti lo normal fuera hacer el amor tres veces al día?
Hacer el amor es un estupendo tonificante del cuerpo, uno de los deportes más completos que además asegura una relajación posterior de una calidad inmejorable. ¿Por qué no se practica más?
Las mujeres en el puerperio, mientras lactan realmente ven disminuido su deseo sexual (aunque no todas).
En mis clases de “Psicología de la sexualidad humana” en la facultad nos dijeron que el momento de mayor potencia sexual del hombre es hacia los 18 años y de ahí se va reduciendo el resto de su vida. Para las mujeres, ese momento de florecimiento sexual se da entre los 30 y los 33 y a partir de ahí va también reduciéndose. Según esto, lo lógico sería que las mujeres en la treintena se emparejaran con “yogurines” de 20, para que la potencia sexual estuviera igualada (sólo para tema sexual) pero esto también está mal visto en nuestra sociedad. Sin embargo no se ve tan mal que hombres mayores se emparejen con jovencitas (cosa que desde la teoría del impulso sexual no tendría mucho sentido, pero como en el tema sexual “la apariencia” también es importante, y el dinero que se aporte, pues todo vale).
Muchas mujeres, pasada la menopausia, con una etapa de crianza ya superada, muchas mujeres recuperan su deseo. No sabemos qué edad tenía la mujer de la consulta, tal vez estaba en este rango de edad. La mujer, lejos ya del miedo a una concepción no deseada y en una etapa de su vida marcada por el crecimiento interior y la creatividad, experimenta un florecimiento de su deseo sexual, que no siempre va en sintonía del deseo sexual de su compañero. El hombre en la cincuentena en cambio, puede encontrarse “de capa caída” y que, como suelen comentar las mujeres cuando sueltan un poco la lengua, “ya no está para estos trotes”. En otros casos, el hombre, compensa una potencia sexual alejada de la que tenía a los veinte, con la experiencia adquirida durante toda una vida y la vida íntima en pareja encuentra su equilibrio de nuevo.
Yo le preguntaría a la mujer de la consulta cómo se hace para ella problema este exceso de deseo sexual. ¿Tal vez no tiene pareja estable con la que dar rienda suelta a sus instintos y le cuesta además encontrar parejas esporádicas? ¿Tal vez el deseo se mantiene a lo largo de todo el día y trabaja ocho horas en una oficina sin posibilidad de poder escaparse al baño un rato? ¿Tal vez su marido se siente demasiado requerido y su ego se ve dañado al no poder estar a la altura de lo que su mujer demanda?
Yo le hablaría del autoerotismo, de las múltiples posibilidades y juguetes eróticos que existen en la actualidad para utilizar en pareja… o sola.
Hace unos meses salió una sentencia en USA un tanto peculiar. Una mujer había sido despedida de su puesto de trabajo porque se ausentaba mucho al baño. Esta mujer pudo probar médicamente que tenía un deseo sexual desmedido (como si fuera una “enfermedad”) y necesitaba aliviarse varias veces al día. En el juicio el tribunal falló a su favor, recuperó su trabajo y le dieron el permiso para poder ausentarse al baño varias veces al día para realizar allí lo que considerara pertinente para aliviar su necesidad.
En los años 70 del siglo pasado la pareja formada por William Masters y Virginia Johnson (ginecólogo y trabajadora social, respectivamente) realizaron un exhaustivo estudio entrevistando a cientos de parejas sobre diferentes ítems de la conducta sexual humana. Sus conclusiones son famosas y un referente en el estudio de la sexualidad de nuestra especie. Ellos diferenciaron cuatro fases dentro de la respuesta sexual: excitación, meseta, orgasmo y resolución. La respuesta sexual son una serie de cambios físicos y hormonales que comienzan con la fase de excitación. A esta fase le sigue la de meseta, en la que los cambios se siguen sucediendo a un ritmo algo más lento hasta que comienza a elevarse de forma perceptible para dar paso a la siguiente etapa: la del orgasmo. Ésta sería el culmen de la respuesta y del placer tanto en el hombre como en la mujer. Después vendría la cuarta fase, resolución, en la que el organismo volvería a sus constantes normales tanto física como hormonalmente. Para los hombres, además, habría una quinta fase (aunque Masters y Johnson no la consideran como tal, propiamente dicho) que sería el periodo refractario que ocurre siempre que haya habido orgasmo y eyaculación a la vez. Ésta fase, que, quiero remarcar, no existe en las mujeres, es un tiempo durante el cual el hombre no puede volver a tener y mantener una erección.
¿Qué significa esto? Pues significa que una mujer, física y hormonalmente está preparada para tener, si quiere, relaciones sexuales seguidas una y otra vez, en tanto que el hombre no. El hombre necesita un periodo de descanso para poder de nuevo tener y mantener una erección que le permita tener otra penetración exitosa.
La medicina occidental se ha basado siempre en el modelo masculino del cuerpo. Para nuestra sociedad “lo normal” es lo que le ocurre al hombre y lo que le ocurre a la mujer, es “extraño, raro, patológico…”. No hace tanto la mujer era considerada impura por menstruar, y a juzgar por los mensajes subliminales que lanzan actualmente algunos anuncios de compresas, sigue siéndolo.
En el siglo pasado Freud consideró histéricas a todas las mujeres porque consideraba que el orgasmo femenino debía ser vaginal y los orgasmos clitoridianos eran patológicos. Por tanto, todas las mujeres presentaban esta patología. Esto es algo que parece algo trasnochado y desfasado para nuestro tiempo (hoy en día ya todo el mundo admite que una mujer pueda tener orgasmos clitoridianos y orgasmos vaginales… ¿o no?) pero sin embargo, una mujer consulta en una revista que tiene un deseo muy alto y que le apetece hacer el amor muchas veces seguidas, y la psicóloga (otra mujer, parafraseando a aquel gran filósofo, “la mujer es una loba para la mujer”) le dice que es patológico y que posiblemente tiene algún bloqueo o trauma no resuelto que le provoca ese exceso de deseo.
¿Será envidia?
Mónica Alvarez